“El viento sopla como una bestia desatada, sacudiendo la base con una furia implacable. Desde dentro, la estructura cruje con cada embate como si fuera a partirse en dos. Nos sentimos en el epicentro de un terremoto interminable, pero no es la tierra la que tiembla, sino el aire mismo convertido en un vendaval de nieve y hielo que azota sin tregua. Estamos en alerta amarilla; nadie puede salir por ahora, es demasiado peligroso.

Los vientos superan los 80 km/h y la nieve arremolina la base en un torbellino blanco que borra el horizonte. Nos queda la incertidumbre de si nuestros equipos en el exterior han resistido el castigo de la tormenta o si han sido arrastrados por la fuerza descomunal del clima antártico.
Mañana al amanecer tendremos una ventana de pocas horas antes de que el mal tiempo regrese con renovada brutalidad. En ese breve lapso, si las condiciones lo permiten, tendremos que salir, localizar los instrumentos y rescatarlos antes de que el clima nos obligue a retirarnos.
El tiempo apremia y cada minuto cuenta, si la tormenta nos da un respiro, la operación deberá ser rápida y precisa: salir, evaluar los daños, desmontar lo que se pueda salvar y regresar antes de que el viento nos atrape nuevamente.
Mientras tanto, en el interior de la base, observamos por las pequeñas ventanas, intentando vislumbrar algo entre la tormenta. La sensación de encierro es palpable y la tensión se mezcla con la expectativa. Sabemos que cada expedición en la Antártida es un pulso constante contra la naturaleza, pero en días como hoy, ella nos recuerda lo frágiles que somos ante su inmenso poder.”
Un Nuevo Día: Rescate de los Equipos
«Hoy amaneció mejor. El viento había amainado, pero la nieve caía copiosamente, cubriendo el paisaje en un manto blanco y espeso. A las 9 a.m., ya estábamos listos, montados en las motos de nieve, sintiendo la emoción y la incertidumbre de lo que íbamos a encontrar.
Nos acompañaba el grupo SERO, los montañeses del ejército que nos apoyan en todas estas misiones. Su experiencia en condiciones extremas fue invaluable para movernos con eficiencia y seguridad en el terreno hostil.

Avanzamos con cautela, la visibilidad reducida por la nevada y el intenso frío que mordía nuestros rostros atravesando como cuchillas el equipo de protección, hacían que cada metro recorrido se sintiera como un desafío, pero la determinación nos impulsaba a seguir. Cuando nos íbamos acercando al sitio, entre la nieve y el viento podíamos ver cómo se formaban poco a poco las figuras de nuestros equipos, al estar en el sitio el alivio fue indescriptible: los dos trípodes seguían en pie. ¡Los equipos estaban allí! La tormenta no había logrado arrancarlos de su lugar.
El viento, sin embargo, con su increíble fuerza había conseguido abrir un cooler donde guardábamos la batería y los enchufes. Afortunadamente, los daños parecían mínimos, aunque tendríamos que evaluar su estado con más detalle.

Por suerte, las pesadillas que me habían asaltado la noche anterior en las que no encontrábamos nada, donde la tormenta se lo había llevado todo y perdíamos los equipos no se hicieron realidad. Un respiro profundo, sonrisas entre el equipo y la certeza de que, al menos por hoy, habíamos ganado esta batalla contra el hielo y el viento.»



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