Cada 22 de abril se conmemora el Día Internacional de la Tierra, una efeméride que nació en 1970 en Estados Unidos, impulsada por el senador Gaylord Nelson tras una serie de desastres ambientales que evidenciaron la necesidad de mayor conciencia pública y regulación ambiental. Su propósito fue claro: instalar en la agenda global la urgencia de proteger el planeta y promover una relación más equilibrada entre desarrollo humano y naturaleza.

Más de cinco décadas después, ese llamado no solo sigue vigente, sino que adquiere una dimensión aún más crítica. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el retroceso acelerado de los glaciares, la contaminación del aire, agua y suelos, unida a la creciente presión sobre los ecosistemas han configurado un escenario donde la crisis ambiental ya no es una advertencia futura, sino una realidad presente y urgente.

En los últimos años, nuestro país ha enfrentado una serie de eventos que reflejan la fragilidad de sus ecosistemas: incendios forestales de gran magnitud en la zona centro-sur, episodios críticos de contaminación en zonas industriales como Quintero y Puchuncaví junto a una sequía prolongada que ha afectado el acceso al agua en amplios territorios. A esto se suman fenómenos menos visibles pero igualmente preocupantes, como la degradación de suelos y la contaminación por metales pesados debido a los residuos de la minería, las enormes emisiones de metano y otros contaminantes gaseosos en los mega-rellenos sanitarios del país, la pérdida de glaciares y el impacto de contaminantes atmosféricos en zonas remotas.

Estos procesos no ocurren de manera aislada. Responden a una combinación de factores climáticos y actividades humanas que han alterado los equilibrios naturales. En este escenario, la ciencia cumple un rol fundamental: no solo para comprender lo que está ocurriendo, sino también para proponer soluciones y orientar la toma de decisiones basada en resultados confiables y objetivos.

En Chile, uno de los actores que ha contribuido activamente en esta tarea es el Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM) de la Universidad Técnica Federico Santa María. A través de sus investigaciones, el CETAM ha abordado problemáticas clave como la contaminación del suelo debida a metales pesados producto de los residuos de la minería, el impacto de los incendios forestales sobre la biodiversidad microbiológica y las características fisicoquímicas del suelo, la contaminación atmosférica, el monitoreo de ozono y aerosoles, y el estudio de contaminantes climáticos como el carbono negro (BC), cuyas implicancias se extienden desde zonas urbanas hasta territorios tan remotos como la Antártica.

Uno de los aspectos más relevantes de estas investigaciones es su capacidad para evidenciar que los impactos ambientales no reconocen fronteras. Estudios realizados en la cordillera de los Andes han demostrado que contaminantes atmosféricos generados en zonas urbanas y/o industriales pueden transportarse a grandes distancias, afectando ecosistemas que históricamente se consideraban prístinos. Del mismo modo, mediciones en la Antártica han revelado la presencia de partículas (como el BC) asociadas a la actividad humana, lo que confirma la escala global de la crisis ambiental que estamos experimentando.

Pero el aporte del CETAM no se limita a la generación de conocimiento. También ha impulsado iniciativas de vinculación con la comunidad, llevando la ciencia a espacios educativos y promoviendo la educación ambiental como una herramienta clave para el cambio. Estas acciones reflejan una comprensión integral del problema: no basta con investigar, es necesario comunicar, educar y generar conciencia.

En ese sentido, el Día de la Tierra no debe entenderse únicamente como una fecha simbólica, sino como una oportunidad para articular esfuerzos entre ciencia, políticas públicas y ciudadanía. En nuestro país, los efectos del cambio climático y la degradación ambiental ya son evidentes, avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible requiere no solo de soluciones tecnológicas, sino también de un cambio cultural profundo.

El panorama futuro plantea desafíos complejos. Según algunos cálculos a principios de 2026, la humanidad ya había consumido recursos naturales a un ritmo que requeriría 1.8 planetas Tierra para sostenerse de manera sostenible. A esto se suma que se proyecta un aumento en la frecuencia e intensidad de eventos extremos, una mayor presión sobre los recursos hídricos y una creciente necesidad de adaptación en sectores productivos y las comunidades adyacentes. Frente a esto, la evidencia científica y la educación ambiental aparecen como pilares indispensables para enfrentar la incertidumbre y prepararse para la adaptación a estas nuevas condiciones.

El Día de la Tierra nos recuerda que el planeta no es un recurso infinito, sino un sistema del cual dependemos. Desde Chile, el desafío es asumir esa realidad con responsabilidad, fortaleciendo la investigación, promoviendo la educación ambiental y avanzando hacia decisiones que integren el cuidado del entorno como un eje central del desarrollo. Solo se puede proteger y conservar aquello que se conoce y se valora y para conocer la naturaleza necesitamos ciencia…por ello sin ciencia no hay futuro.

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