Cada 28 de julio se conmemora el Día Mundial de la Conservación de la Naturaleza, una fecha que busca concientizar sobre la importancia de proteger los ecosistemas que sostienen la vida en el planeta. Sin embargo, el concepto de conservación ha cambiado considerablemente durante las últimas décadas. Hoy, conservar la naturaleza no implica únicamente proteger bosques, océanos o especies amenazadas, sino también comprender cómo las actividades humanas están modificando los ecosistemas y desarrollar soluciones científicas y tecnológicas que permitan prevenir, mitigar y revertir estos impactos.

El cambio climático, la contaminación ambiental y la pérdida de biodiversidad constituyen las tres principales crisis ambientales identificadas por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, 2022). Estas problemáticas no ocurren de manera aislada: los contaminantes atmosféricos aceleran el derretimiento de glaciares, los microplásticos se acumulan en los océanos más remotos del planeta y los suelos degradados comprometen la seguridad alimentaria y la resiliencia de los ecosistemas.

La evidencia científica demuestra que la conservación de la naturaleza en el siglo XXI requiere una mirada interdisciplinaria, donde la investigación científica y la innovación tecnológica cumplen un rol fundamental para comprender procesos ambientales cada vez más complejos.

La contaminación ambiental no conoce fronteras

Se ha demostrado la presencia de microplásticos en la Antártica, contaminantes atmosféricos en ambientes de alta montaña y carbono negro depositado sobre nieve y glaciares de los Andes y la Antártica, evidenciando que incluso los ecosistemas considerados más prístinos del planeta no están libres de la influencia humana (UNEP, 2022).

El carbono negro (Black Carbon), por ejemplo, es un contaminante climático de vida corta que, aunque permanece pocos días o semanas en la atmósfera, posee una elevada capacidad para absorber radiación solar y acelerar el derretimiento de nieve y hielo cuando se deposita sobre glaciares (Cereceda-Balic et al., 2022).

Por otra parte, los microplásticos han sido identificados en prácticamente todos los ambientes estudiados por la comunidad científica, desde las profundidades oceánicas hasta regiones polares. (UNEP, 2023).

Estos antecedentes evidencian que la conservación de la naturaleza ya no puede abordarse únicamente desde la protección de áreas silvestres. Comprender cómo se comportan los contaminantes en el ambiente y cuáles son sus impactos sobre los ecosistemas se ha convertido en una de las principales herramientas para su protección y preservación.

Restaurar ecosistemas: un desafío ambiental prioritario

La conservación también implica recuperar aquellos ecosistemas que ya han sido degradados.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca del 33 % de los suelos del planeta presentan algún grado de degradación física, química o biológica, afectando su capacidad para sustentar la biodiversidad y proveer servicios ecosistémicos fundamentales (FAO, 2021).

En Chile, desafíos como la contaminación por metales pesados, los impactos derivados de actividades productivas y los efectos del cambio climático sobre los recursos naturales han impulsado el desarrollo de investigaciones orientadas a la restauración ambiental.

En este contexto, las investigaciones desarrolladas por el Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM) de la Universidad Técnica Federico Santa María abordan diversas problemáticas asociadas a la conservación y recuperación de ecosistemas. Entre ellas destacan proyectos relacionados con la recuperación de suelos degradados post-incendios forestales, el estudio de contaminantes atmosféricos y su impacto sobre ecosistemas sensibles, la remediación de suelo y residuos sólidos contaminados con metales pesados provenientes de actividades mineras (Carvajal et al., 2023) y la investigación sobre contaminantes emergentes presentes en el ambiente.

Estas iniciativas evidencian que la conservación de la naturaleza no solo consiste en evitar el daño ambiental, sino también en desarrollar estrategias que permitan restaurar ecosistemas afectados y recuperar parte de los servicios ambientales que estos proporcionan.

La ciencia como herramienta para conservar la naturaleza

La investigación científica permite responder preguntas fundamentales para la conservación ambiental: ¿qué contaminantes están presentes en los ecosistemas?, ¿cómo son transportados y distribuidos?, ¿qué impactos generan sobre la biodiversidad y los recursos naturales?, ¿qué tecnologías pueden contribuir a su mitigación?

El monitoreo ambiental y el desarrollo de nuevas tecnologías son herramientas indispensables para diseñar políticas públicas basadas en evidencia y orientar estrategias efectivas de conservación.

Desde la medición de contaminantes atmosféricos hasta el desarrollo de tecnologías para la descontaminación ambiental, la ciencia permite comprender fenómenos que muchas veces resultan invisibles para la sociedad, pero que poseen importantes consecuencias sobre la salud humana y ambiental.

«La conservación de la naturaleza hoy significa mucho más que proteger áreas silvestres. También implica comprender cómo nuestras actividades impactan los ecosistemas, desarrollar tecnologías que permitan su recuperación y generar evidencia científica que apoye mejores decisiones ambientales. No podemos proteger aquello que no somos capaces de medir y comprender», señala el Dr. Francisco Cereceda, director del Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM) y profesor titular de la Universidad Técnica Federico Santa María.

Conservación para las futuras generaciones

El Día Mundial de la Conservación de la Naturaleza nos recuerda que los ecosistemas sostienen procesos esenciales para la vida, desde la regulación del clima y la disponibilidad de agua hasta la producción de alimentos y el mantenimiento de la biodiversidad.

Sin embargo, los desafíos ambientales actuales exigen ampliar nuestra comprensión sobre lo que significa conservar. La protección de la naturaleza también requiere investigar los contaminantes que llegan a ecosistemas remotos, desarrollar tecnologías de remediación ambiental y generar conocimiento científico que permita restaurar aquellos ambientes que ya han sido alterados.

La conservación del siglo XXI no consiste únicamente en preservar lo que aún permanece intacto, sino también en comprender los procesos invisibles que amenazan el equilibrio de los ecosistemas y trabajar activamente en su recuperación. En ese desafío, la ciencia y la tecnología ambiental son herramientas fundamentales para construir un futuro más sostenible.

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