En la antesala del 24 de octubre, los registros de temperatura y precipitaciones, el comportamiento excepcional de las lluvias en 2026, las nuevas proyecciones mundiales y los compromisos de Chile al 2035 y 2050 permiten dimensionar los desafíos del país frente al calentamiento global.

Chile terminó 2025 con un nuevo récord de temperatura. Fue el año más cálido desde que comenzaron los registros en 1961 y completó quince años consecutivos con temperaturas superiores a los valores normales. A esto se sumaron un déficit promedio nacional de precipitaciones del 26,2 % y diecinueve años seguidos de lluvias por debajo del promedio climatológico, según la Dirección Meteorológica de Chile (DMC, 2026). Estas cifras describen una tendencia de largo plazo, pero no significan que cada año deba ser necesariamente seco.

Sin embargo, el invierno de 2026 presenta un escenario que, a primera vista, podría parecer contradictorio con estas cifras. Los intensos sistemas frontales registrados durante el año dejaron precipitaciones extraordinarias en distintas zonas del país, especialmente en las regiones de Atacama y Coquimbo, donde las lluvias provocaron inundaciones, remociones en masa y graves daños a comunidades e infraestructura. Al mismo tiempo, permitieron una recuperación importante de las reservas hídricas. Según la Dirección General de Aguas (DGA), a fines de agosto de este año, 14 de los 25 embalses monitoreados superaban el 80 % de su capacidad, mientras que el volumen total almacenado era un 31,2 % superior al registrado en igual período de 2025.

No obstante, un invierno lluvioso no es suficiente para revertir los efectos de una sequía prolongada. Si bien las precipitaciones y nevadas de 2026 han mejorado la disponibilidad de agua en numerosas cuencas, esta recuperación ha sido desigual y no significa que todas las reservas hídricas hayan recuperado sus niveles históricos. Mientras algunos embalses pueden llenarse rápidamente, los grandes reservorios, las aguas subterráneas y los ecosistemas afectados por años de escasez necesitarán períodos mucho más extensos para recuperarse. De hecho, la propia DGA ha advertido que todavía no existe evidencia suficiente para declarar definitivamente superada la megasequía iniciada en 2010. Las lluvias de este año representan, por tanto, un alivio importante, pero no eliminan la vulnerabilidad hídrica del país, ni garantizan que los próximos inviernos presenten condiciones similares (DGA, 2026; Centro de Cambio Global UC, 2026).

Este contraste también permite comprender la influencia de fenómenos naturales como El Niño, que durante 2026 ha favorecido condiciones propicias para las precipitaciones en sectores de Chile. Aunque estas oscilaciones forman parte de la variabilidad natural del clima, sus efectos ocurren hoy en un planeta más cálido, donde estos fenómenos serán más habituales, intensos e impredecibles, con aumentos de temperaturas que intensificarán aún más la pérdida de agua por evaporación y puede agravar las consecuencias de períodos secos. Además, la ocurrencia de lluvias intensas no garantiza una recuperación sostenida de las reservas hídricas. Según las proyecciones de octubre de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), el actual episodio de El Niño podría mantenerse hasta los primeros meses de 2027, sin que sea posible anticipar con certeza una transición inmediata a La Niña. Por ello, el desafío no consiste únicamente en enfrentar futuras sequías, sino también en prepararse para precipitaciones extremas que pueden provocar graves daños sin resolver los problemas estructurales de disponibilidad de agua actuales (NOAA, 2026).

Estos antecedentes adquieren especial relevancia en la antesala del 24 de octubre, fecha en que se conmemora internacionalmente el Día contra el Cambio Climático. La jornada busca sensibilizar sobre la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y preparar a las sociedades para enfrentar sus consecuencias. Si bien se trata de una efeméride ampliamente difundida, no fue establecida mediante una resolución específica de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a diferencia del Día de las Naciones Unidas, que también se celebra el 24 de octubre (Departamento de Seguridad Nacional de España, 2022; Naciones Unidas, s. f.).

La investigación científica ha permitido establecer con claridad las causas del cambio climático. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, 2023) concluyó que las actividades humanas son responsables del aumento de la temperatura del planeta, principalmente por las emisiones de gases de efecto invernadero. La combustión de carbón, petróleo y gas, determinadas actividades industriales y agropecuarias y los cambios en el uso del suelo incrementan la concentración de estos gases y alteran el equilibrio energético terrestre. Sus consecuencias incluyen cambios en las precipitaciones, mayor intensidad de ciertos eventos climáticos extremos y riesgos para los sistemas alimentarios e hídricos.

Además de los gases de efecto invernadero, existen contaminantes de vida media corta capaces de modificar el balance radiativo, como los aerosoles. Entre ellos destaca el carbono negro (black carbon, BC), producido por la combustión incompleta de combustibles fósiles y biomasa. Estas partículas absorben radiación solar en la atmósfera y, al depositarse sobre la nieve y el hielo, pueden acelerar el calentamiento de esas superficies. Un estudio de referencia llegó a situar al BC como el segundo agente de calentamiento de origen humano después del CO₂, por su forzamiento climático estimado (Bond et al., 2013). Sin embargo, evaluaciones posteriores del IPCC han revisado esas estimaciones y subrayan las incertidumbres asociadas a su interacción con la formación y duración de las nubes y con otros aerosoles. (IPCC, 2021).

Una advertencia mundial en 2026

El 21 de octubre de 2026, a pocos días de esta conmemoración, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) presentó su informe *Emissions Gap Report 2026: The Point of Return*, que vuelve a advertir sobre la distancia entre los compromisos climáticos internacionales y las reducciones de emisiones necesarias para contener el cambio climático.

De acuerdo con el informe, las políticas actualmente vigentes conducirían a un aumento de la temperatura cercano a los 2,8 °C durante este siglo. Incluso si los países cumplieran sus contribuciones climáticas y mantuvieran esfuerzos comparables, el calentamiento se situaría alrededor de los 2,6 °C. Para limitar al mínimo posible el sobrepaso del umbral de 1,5 °C y procurar un retorno a ese nivel, el organismo estima necesario reducir las emisiones mundiales un 18 % para 2030, un 45 % para 2035 y un 69 % para 2040, tomando como referencia 2025 (PNUMA, 2026).

El informe reconoce avances asociados a la implementación de políticas climáticas y al crecimiento de las energías renovables, aunque considera que todavía resultan insuficientes. La preocupación radica tanto en la magnitud de las emisiones como en el tiempo disponible para reducirlas, mientras más aumenta la temperatura global, mayores son los riesgos para la salud, la biodiversidad, la infraestructura y la seguridad alimentaria.

Qué está ocurriendo en Chile

Las consecuencias del cambio climático no se manifiestan de la misma manera en todo el territorio nacional. En el norte y centro del país, la escasez de agua acumulada durante años ha afectado el abastecimiento y la producción agrícola, aunque las lluvias y nevadas de 2026 mejoraron las reservas en varias cuencas. Las olas de calor representan un riesgo para la salud, especialmente en las ciudades, mientras que en la cordillera los cambios en la acumulación de nieve y el retroceso de los glaciares afectan las reservas naturales de agua, a la biodiversidad y los servicios ecosistémicos.

A estas amenazas se suman las precipitaciones intensas, capaces de desencadenar inundaciones y remociones en masa. Sin embargo, es importante distinguir entre la variabilidad meteorológica y las tendencias climáticas de largo plazo. No todos los fenómenos extremos pueden atribuirse directamente al cambio climático: determinar cuánto influye el cambio climático en un evento específico requiere investigaciones que consideren las condiciones atmosféricas y los antecedentes históricos de cada territorio (DMC, 2026; Ministerio del Medio Ambiente, s. f.).

La situación de los glaciares ofrece otro ejemplo de las transformaciones que experimenta el país. Según el Inventario Público de Glaciares de la Dirección General de Aguas (DGA), Chile continental cuenta con 26.180 glaciares, que abarcan aproximadamente 21.012 km². En mayo de 2026, el organismo informó que el seguimiento de 25 glaciares representativos del territorio nacional muestra, en términos generales, una pérdida sostenida de volumen.

Estos cambios tienen consecuencias que trascienden el paisaje cordillerano. Los glaciares almacenan agua que contribuye a la alimentación de las cuencas hidrográficas, especialmente durante los períodos de menor precipitación. Su evolución también permite estudiar la respuesta de los ambientes de montaña frente a las variaciones de temperatura y otros factores ambientales (DGA, 2026).

Del compromiso climático a su cumplimiento

Chile ha desarrollado durante los últimos años un marco normativo para enfrentar estos desafíos. Uno de sus principales instrumentos es la Ley Marco de Cambio Climático (Ley N.º 21.455), promulgada en 2022, que establece la meta de alcanzar y mantener la neutralidad de emisiones de gases de efecto invernadero a más tardar en 2050.

A este compromiso se agregó la actualización de la Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC) de 2025, que fija objetivos intermedios para la próxima década. Entre ellos, el país se comprometió a no superar un presupuesto de 480 millones de toneladas de CO₂ equivalente entre 2031 y 2035, además de reducir sus emisiones anuales a un máximo de 90 millones de toneladas de CO₂ equivalente para 2035 (Biblioteca del Congreso Nacional, 2022; Ministerio del Medio Ambiente, 2025, 2026).

Cumplir estas metas exige transformaciones importantes en la manera en que Chile produce y consume energía. El Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero (INGEI), cuenta con datos correspondientes a 2022, registró emisiones cercanas a los 111 millones de toneladas de CO₂ equivalente, de las cuales aproximadamente el 76 % provino del sector Energía. Este comprende, entre otras actividades, la generación eléctrica, el transporte y el uso de combustibles en procesos productivos.

En materia de electricidad, el país ha conseguido avances significativos. Según el Ministerio de Energía (2026), cerca de dos tercios de la generación eléctrica de 2025 provinieron de fuentes renovables. No obstante, los combustibles fósiles todavía representan el 64 % del consumo final de energía. La diferencia entre ambos indicadores deja en evidencia uno de los principales desafíos de la transición energética: los progresos en generación eléctrica deben ir acompañados de cambios en el transporte, la industria y otros sectores que continúan dependiendo del petróleo, el gas y sus derivados.

Durante 2026 también se inició el proceso de actualización de la Estrategia Climática de Largo Plazo, cuya primera versión fue elaborada en 2021. El anteproyecto presentado por el Ministerio del Medio Ambiente y en donde participó el Director del CETAM-UTFSM, Pof. Dr. Francisco Cereceda, contempla 32 objetivos y 83 metas relacionadas con mitigación, adaptación, equidad climática y seguimiento de los compromisos establecidos. La consulta pública finalizó el 22 de septiembre, por lo que la actualización todavía se encontraba en tramitación al momento de elaborar este artículo (Ministerio del Medio Ambiente, 2026).

El aporte de la ciencia y las decisiones cotidianas

Reducir las emisiones constituye una parte fundamental de la respuesta al cambio climático, pero no resuelve por sí sola los problemas que ya enfrentan las comunidades. La adaptación exige conocer las condiciones particulares de cada territorio, identificar vulnerabilidades y sostener investigaciones que orienten la gestión del agua, la protección de los ecosistemas, la infraestructura y la planificación de ciudades expuestas a temperaturas más elevadas.

Las universidades y los centros de investigación contribuyen a generar esa información. El Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM) de la Universidad Técnica Federico Santa María (UTFSM) estudia los vínculos entre contaminación, cambio climático y salud ambiental desde distintas disciplinas. Sus líneas abarcan la química atmosférica y analítica ambiental, el estudio de contaminantes en aire, agua, nieve y suelo, la caracterización de emisiones provenientes de la combustión y el desarrollo de tecnologías de monitoreo. También aborda la eficiencia energética, la arquitectura bioclimática, la evaluación toxicológica y la recuperación de suelos degradados. Estas capacidades permiten examinar tanto las fuentes de contaminación como sus efectos sobre los ecosistemas y las comunidades (CETAM, 2026).

Una línea de especial relevancia es el estudio de la interacción entre aerosoles, radiación solar, nieve y hielo. Cuando partículas oscuras, como el carbono negro, se depositan sobre superficies nevadas o glaciares, pueden disminuir su reflectividad -propiedad conocida como albedo- y favorecer una mayor absorción de energía. Comprender este proceso es importante para investigar los factores que influyen en la fusión de nieve y hielo en los Andes y la Antártica. No se trata únicamente de obtener mediciones aisladas: su continuidad permite distinguir episodios de contaminación, variabilidad estacional y posibles cambios de largo plazo, lo que permite desacoplar el impacto de los efectos locales y globales sobre el cambio climático (CETAM, 2026; IPCC, 2021).

En la cordillera de los Andes, los laboratorios-refugio NUNATAK-1, en Portillo, y NUNATAK-2, en el sector del embalse El Yeso, permiten observar la atmósfera en condiciones de alta montaña. La primera estación mantiene mediciones desde 2016 y la segunda desde 2021, con registros de material particulado, carbono negro, gases como ozono y óxidos de nitrógeno, variables meteorológicas y características de nieve y radiación, incluyendo el albedo. A ello se suman campañas científicas en la Antártica, mediciones de deposición atmosférica y análisis de muestras ambientales que ayudan a investigar el transporte de contaminantes y sus efectos fuera de las ciudades (CETAM, 2026).

La continuidad de estos registros es uno de sus principales aportes. Una serie de alrededor de diez años permite examinar diferencias entre temporadas y años, identificar episodios anómalos y construir una base para evaluar tendencias, siempre que se considere la calidad y homogeneidad de los datos. Para calcular normales climatológicas comparables internacionalmente, la Organización Meteorológica Mundial utiliza períodos de 30 años. Esto no significa que una investigación climática deba esperar tres décadas para producir resultados, sino que las series más extensas permiten separar mejor la variabilidad natural de las transformaciones sostenidas (OMM, s. f.).

La ciudadanía también puede contribuir mediante decisiones relacionadas con el transporte, el consumo energético, la alimentación y el uso responsable del agua. Sin embargo, el alcance de estas acciones depende en buena medida de las condiciones que ofrecen las ciudades, los servicios y las políticas públicas. La disponibilidad de transporte menos contaminante, la eficiencia de las viviendas y el acceso a tecnologías limpias, por ejemplo, requieren inversiones y decisiones que van más allá de la responsabilidad individual.

En vísperas de una nueva conmemoración del Día contra el Cambio Climático, la evidencia científica y los compromisos asumidos por Chile muestran avances y tareas pendientes. Los episodios de lluvia intensa de 2026 y la recuperación de parte de las reservas de agua no borran la experiencia de una sequía prolongada, ni eliminan los riesgos futuros. El país dispone de instrumentos legales, objetivos de reducción de emisiones y capacidades de investigación para enfrentar este escenario. El desafío estará en verificar cuánto de lo comprometido se traduce en resultados y cómo se fortalece la preparación de las comunidades frente a cambios que ya están ocurriendo. Como hemos señalado antes: «No se puede conservar lo que no se conoce y lo que no se conoce a nadie le importa que desaparezca, ya que sólo conservamos lo que apreciamos, sólo valoramos lo que conocemos y sólo conocemos lo que estudiamos». Por ello sin ciencia no hay futuro.

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